Vettonia obliga

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Sobre el blog

En este blog quiero recoger algunas de mis lecturas, pasajes de mi vida académica y de mis viajes, así como ideas sobre la cultura y la sociedad actual.

Rosalía y la apropiación cultural

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Sun, November 11, 2018 21:27:46
Una joven cantante llamada Rosalía ha sacado un disco en el que fusiona en flamenco con el Trap y, entre otras, la música electrónica. Es un disco brillante, creo, y además ha tenido éxito. Sin embargo, se han oído voces que dicen que Rosalía se ha apropiado de la cultura andaluza o gitana. Una cantante de rap como la Mala Rodríguez ha llegado a decir en una entrevista que Rosalía “está haciendo uso de ciertas cosas que pertenecen a la identidad del pueblo andaluz y de la comunidad gitana” (ABC, 27-07-2018, cursiva mía). Esto, la verdad, me produce una cierta desazón, porque el tema de la cultura en España no es en absoluto sencillo.

Intentaré, en los breves párrafos que siguen, clarificar este asunto de la apropiación cultural. Por apropiación cultural podemos entender de un modo directo el caso de una persona que se apropia de una obra concreta de otra. Esto afecta negativamente al autor en dos sentidos. El primer hace referencia al derecho moral de ser identificado como el autor de la obra. Los profesores universitarios, valga el ejemplo, por lo general no cobramos por los artículos que publicamos. Sin embargo, esperamos que nos citen cuando son utilizados. En caso contrario hablamos de plagio. Nuestra recompensa es el hecho de ser conocidos como autores de un análisis específico o de una teoría concreta. Las personas que se apropian de este trabajo sin reconocer al autor están atentando conta su prestigio y honor.

El segundo tiene que ver con el derecho a obtener una recompensa económica por un trabajo de creación cultural. Cuando alguien plagia el argumento de una novela, utiliza la base de una canción o copia un guion de una película sin el permiso del autor y recibe una recompensa por ello está apropiándose del trabajo de otra persona o de un conjunto de personas. En este caso la apropiación cultural atentaría contra la remuneración que los creadores culturales reciben por su trabajo.

En ambos casos, la apropiación de una obra concreta y específica, con un autor identificado, ataca a uno de los principios de las democracias liberales: la meritocracia. La legitimación de la desigualdad de recompensas, materiales o simbólicas, en este tipo de sociedades descansa en el trabajo de los individuos. Cuando alguien se apropia de su producción cultural de otra persona u organización y la presenta o explota como algo propio está simplemente robando (un asunto diferente, y fuente de discusiones, es el tipo, importe o la duración de esas recompensas).


Pero, temo, la polémica en torno a la apropiación cultural en el caso de Rosalía no va por ahí −aunque, como comentaré al final, el beneficio económico subyace a ese planteamiento−. En ese caso, creo que la idea es la siguiente: hay expresiones culturales que pertenecen a un pueblo, etnia, región o país y solo los que pertenecen a esa colectividad pueden explotarlas. Esta idea, sin duda, es más interesante desde el punto de vista sociológico. En este caso, la idea es que un género como el flamenco pertenece a, la Mala dixit, “la comunidad gitana” o al “pueblo andaluz”. Y, en consecuencia, solo ellos pueden explotar dicho género.

Este tipo de asertos tiene mucho que ver con la deriva del nacionalismo en nuestro país, y en muchos otros, y a las políticas de identidad cultural. Los movimientos políticos regionalistas y nacionalistas tras el descrédito de las teorías raciales posterior a la Segunda Guerra Mundial, buscaron su base en la idea de una cultura regional o nacional de carácter esencialista. En consecuencia, las expresiones culturales de dichas regiones y pueblos tuvieron que solidificarse e inventariarse. Es decir, convertirse en algo sustantivo en lo cual basar las reivindicaciones políticas. Y eso implicaba negar, o al menos minimizar, los fenómenos de fusión, hibridación y superación de fronteras que son consustanciales a todo fenómeno cultural.

Al final, claro está, se termina pensando que la cultura “pertenece” a algún tipo de colectivo. Y que solo ese colectivo tiene derecho a explotar los fenómenos que le son propios. Solo los andaluces o los gitanos pueden hacer flamenco o versionar el flamenco. Este tipo de argumentos suenan bien al oído acostumbrado a la retórica nacionalista (ese nacionalismo banal). Sin embargo, caen por su propio peso. El rock and roll surgió entre la comunidad negra de los Estados Unidos, posteriormente se difundió entre el resto de la población de ese país y más tarde en todo el planeta. De hecho, ese género musical se practica en todo el mundo y ha sido fusionado con todo tipo de músicas locales. ¿Considerarán los afroamericanos que los blancos estadounidenses se han apropiado de su cultura musical? ¿Creerán los estadounidenses que el resto del mundo se ha apropiado de su cultura? ¿Solo los estadounidenses, o solo los negros estadounidenses, pueden hacer rock and roll y lucrase haciéndolo?

Si la respuesta es afirmativa propondría la creación de una “Denominación de origen protegida (DOP)” para la música. Así, las canciones de la Mala Rodríguez en Spotify podrían llevar la etiqueta “Sonidos de Andalucía”, pues ella es andaluza, y las de Rosalía no, ya que es catalana. También incluso podríamos exigir a las autoridades, llevando el argumento más allá, que legislen para que los que no son andaluces o gitanos no puedan hacer flamenco. En ambos casos podemos preguntarnos: ¿mejorará algo la calidad de la música que se hace?, ¿tiene algo esto que ver con la creatividad cultural?, o ¿debemos impedir que haya bailaores y cantaores japoneses? Vuelvo brevemente al tema económico, como dije antes, ¿no subyace en este planteamiento cierto proteccionismo económico?

Resumo y concluyo. La apropiación cultural parece negativa, desde un punto liberal o socialdemócrata, cuando se trata del robo de creaciones individuales o colectivas con nombres y apellidos: la novela de la escritora x o una canción del grupo y. Porque son de un modo directo los creadores de ese producto cultural (siempre, sea dicho de paso, apoyados en los hombros de gigantes de autores y tradiciones anteriores). Sin embargo, que un cuerpo indefinido como una etnia, una región o una nación se arrogue la titularidad de todo un género cultural es, cuanto menos, peliagudo (cuando una multinacional se queda con los derechos de autor de una canción popular nos tiramos de los pelos). ¿Debería el Estado español demandar a Terry Gilliam por haber hecho una película titulada El hombre que mató a Don Quijote? ¿No deberían ser solo los españoles los únicos con derecho a producir películas sobre nuestro más insigne antihéroe?

Menos mal que los creadores, los auténticos creadores, no reconocen las fronteras.



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Analíticos y narrativos

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Fri, August 03, 2018 15:33:33

Dentro de la sociología, diría que incluso dentro de las ciencias sociales, existe una disputa entre aquellos que consideran que la disciplina debe ser analítica y los que la ven más como una narración. Para los primeros, y su apuesta por la “teoría social analítica”, la disciplina debe centrarse en la búsqueda de explicaciones causales. Estas explicaciones proporcionan resultados modestos y generan teorías de rango medio (véase, por ejemplo, el interesante manual de Francisco Linares Martínez, Sociología y teoría social analíticas, Madrid, Alianza, 2018). Su medio de difusión preferido es el artículo científico (el paper). Los segundos, por el contrario, mantienen que la sociología debe preocuparse de hacer comprensible el mundo para las personas y de generar una narración que así lo permita. Producen largos relatos, habitualmente en forma de libro, con vividas descripciones y contextualizaciones de las tesis expuestas.

Con frecuencia, los primeros acusan a los segundos de generar una sociología débil y poco científica: de hacer literatura en vez de ciencia. Los segundos a los primeros de producir una sociología centrada en pequeñeces que dificultan hacerse una imagen del mundo social en el cual vivimos.

Estoy terminando de leer la excelente y voluminosa obra de Robert Bellah La religión en la evolución humana (Madrid, CIS, 2017). Este, sin rechazar el pensamiento científico, al cual se adscribe, piensa que la narración es necesaria. Forma parte del modo de pensar de los seres humanos y, por tanto, es necesaria incluso para transmitir la ciencia. En sus propias palabras:

“La narrativa, en resumen, es más que literatura, es el modo en que entendemos nuestras vidas. Si la literatura simplemente proporcionase entretenimiento entonces no sería tan importante como es. (…) La narrativa no es solo el modo en que comprendemos nuestras identidades personal y colectiva, es la fuente de nuestra ética, nuestra política y nuestra religión. (…) La cultura mítica (narrativa) no es un subconjunto de la cultura teórica [la ciencia], no lo será nunca. Es más vieja que la cultura teórica y sigue siendo hasta hoy un modo indispensable de relacionarse con el mundo” (p. 354).

Este es un debate que, temo, se encuentra lejos de una solución. En la actualidad parece que la universidad y la comunidad investigadora está siendo conducida hacia los presupuestos analíticos: hay una apuesta por el artículo científico frente al libro, y por los modelos cuantitativos frente a los cualitativos. Sin embargo, en las librerías se ve poca sociología analítica y mucha sociología narrativa. El éxito de Zygmunt Bauman, por ejemplo, así lo atestigua. Hace poco leía que el artículo científico medio tenía aproximadamente 17 lectores. Algo irrisorio si lo comparamos con los millones de libros vendidos por Bauman.

El impacto social de James S. Coleman, como gran representante de la sociología analítica, es mucho menor fuera del ámbito estrictamente científico (incluso, dentro del mismo, es discutible que su impacto no sea menor que el de otros sociológos más narrativos). Quizá por eso Salvador Giner en un comentario al número monográfico que la Revista Internacional de Sociología dedicaba a la sociología analítica, decía que veía complicado que las aportaciones de Weber, Marx o Durkheim se circunscribieran al planteamiento limitado de la sociología analítica. Y es así porque estos autores, y muchos otros, han creado el marco narrativo que nos permite comprender y manejarnos en la sociedad moderna. Nada comparable a lo que puede ofrecer una sociología limitada a sus aspectos analíticos.

Con esto último, y esta es simplemente mi visión, no se niega la validez de lo analítico. De hecho, toda disciplina científica lo es. Simplemente que hasta la teoría analítica más compleja ha de integrarse en una narración. De hecho, como recuerda Robert Bellah, algunas de las teorías científicas de la física o la biología con más apoyo y recorrido: el Big Bang o la teoría de la evolución, han generado su propia narrativa. Esto no impide que sean plenamente científicas y que sus postulados sean objeto de “falsación”. La sociología, creo, debe seguir esta senda, ser rigurosa y científica y, al tiempo, generar narraciones que ayuden a las personas a vivir en el complejo mundo social que nos rodea.



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La economía castizo-irracional durante el boom inmobiliario

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Mon, May 29, 2017 19:11:40

Leyendo el capítulo que Schumpeter dedica a Böhn-Bawerk en 10 grandes economistas: de Marx a Keynes (Madrid, Alianza, 1976), encuentro la siguiente teoría económica: “el valor de los bienes presentes es por lo menos igual al de los futuros, y por lo general existe en todo sistema económico un exceso de valor de los primeros bienes respecto a los segundos” (1976: 248). El caso es que esta teoría me ha hecho mucha gracia al recordarme una anécdota del pasado.

Hace muchos años, cuando andábamos buscando casa, acudí con mi novia, hoy mi esposa, a una feria inmobiliaria en Madrid. Eran los años de la locura y conseguir un piso decente a un precio que pudiera pagar un profesor ayudante era prácticamente imposible. Al menos, claro está, sin endeudarse durante cuarenta años.

Pues bien, estando en dicha feria, acudimos a un stand donde nos enseñaron los planos y una representación tridimensional de unos apartamentos en una zona de nuestro gusto. El problema surgió cuando le pregunté el precio al vendedor. Eran carísimos y, lo más extraño, eran más caros que la vivienda ya construida en esa zona –como he dicho, era de nuestro gusto, y ya habíamos realizado algunas pesquisas–. Cuando se lo hice notar al vendedor, este me contestó muy serio:

- Claro, es que los pisos sobre plano son más caros que los ya construidos. Puedes mirar en cualquier otro sitio.

Me dejó sin palabras, sobre todo por su aplomo al contestarme. Mi teoría en ese momento es que debía ser justo al contrario. Debían ser más baratos porque el comprador adelantaba dinero durante tres años para adquirirlos y lo correcto es que el precio fuese menor para compensar, de un lado, el riesgo y, de otro, el costo de vivir de alquiler durante esos tres años. Cuando le dije esto al vendedor me miró como diciendo: “Mira chaval, tus teorías me sobran, el que sabe soy yo, y eso no es así”. Al final no compramos el piso.

Esta teoría de Böhn-Bawerk me ha recordado ese momento. En la España del boom, cuando todos éramos ricos, hasta las teorías de afamados economistas eran puestas en duda por cualquier vendedor de pisos. En otro momento contaré cuando en una agencia inmobiliaria me intentaron convencer, sin mucho éxito, de que los “pisos no bajan nunca”. Aquella vendedora, además de despreciar mi salario como profesor universitario, habían inventado la ley de la inmutabilidad de los precios inmobiliarios. La realidad, pese a esa ley tan castiza, siempre se impone.



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Anarco-capitalismo y anti-capitalismo

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Fri, April 28, 2017 09:07:55

Existe una narrativa sobre el capitalismo para la cual este es un orden espontáneo. Surge de los miles de intercambios entre individuos particulares que configuran una entidad llamada mercado. El mercado, afirma este relato, sería una realidad auto-organizada surgida de las interacciones entre intereses particulares. El homo economicus es capaz de procesar toda la información disponible de modo racional y tomar decisiones defendiendo sus intereses particulares para maximizar su riqueza. Este comportamiento lejos de llevar a una guerra de todos contra todos, permite la aparición de un orden fruto de la confluencia de estos intereses contrapuestos. El mercado sería el nombre con el cual se conoce este hecho. Frente al mismo se encontraría el estado, una realidad construida desde arriba utilizando, de un modo explícito o soterrado, la violencia física.

En todo caso, esta narrativa siempre ha mantenido que el estado se contrapone al mercado. El primero es una entidad extractiva mientas que el segundo sería una realidad generadora de riqueza. En sus versiones más extremas, que podemos denominar anarco-capitalistas, se plantea que el estado podría desaparecer o quedar reducido a una mínima expresión que ayude a reglamentar el mercado allí donde este no llegue. El mercado sería una forma de organización social adecuada para regular todas, o al menos la mayor parte, de las relaciones sociales de un modo más eficaz y pacífico que el estado.

Este discurso no es nuevo y es bien conocido. Frente a él aparece otro discurso que aceptando sus premisas pretende invertir la ecuación. Para el anti-capitalismo, el mercado sería una realidad que esconde una profundad explotación. Los dueños del capital construyen sus fortunas sobre la desgracia de los menos afortunados. Y lo hacen, además, con cartas marcadas, pues el estado lejos de oponerse al mercado es una construcción del mismo. Los políticos serían simples ayudantes de los dueños del capital. La única forma de solucionarlo sería que los oprimidos se hagan con el control del estado, el cual puede imponer sus tesis porque controla los medios para ejercer la violencia física, y hagan desaparecer el mercado o, en una versión más suave, consigan la propiedad y el control del mismo. El estado, en todo caso, se haría con las funciones ejercidas antes por el mercado.

Ambas versiones son, a mi modo de ver, contradictorias en su relación con el estado: para la versión liberal el estado es un enemigo del mercado mientras que para el anti-capitalismo es su amigo, en un primer momento, y un vehículo para su control o desaparición, en un segundo momento. Ambas versiones, sin embargo, comparten un presupuesto común: una supuesta tensión constitutiva entre el estado y el mercado. El mercado trata de minimizar o hacer desparecer el estado en la versión anarco-capitalista. El estado, una vez controlado por los desposeídos, combate el mercado en la versión anti-capitalista.

La realidad de esta relación, sin embargo, según múltiples recuentos no obedece a este planteamiento tan simple. Como afirmaba Karl Polanyi, aunque el sistema económico se separó durante el siglo XIX del resto de esferas sociales, eso no implicaba que los estados fueran independientes de los mercados. De hecho, las relaciones entre mercados y estados aúnan cooperación y competencia. En el fondo, la separación del sistema económico del resto de esferas sociales solamente pudo hacerse con el apoyo entusiasta del estado. Como argumentan convincentemente Patrick Iber y Mike Konczal a propósito de la obra de Polanyi:

“Los mercados y el comercio de mercancías son parte de todas las sociedades humanas, pero para llegar a una sociedad de mercado en un sentido significativo (lo que algunos simplemente llamarían capitalismo) estas mercancías ficticias tienen que estar sujetas a un sistema más amplio y coherente de relaciones de mercado. Esto es algo que solo se puede lograr mediante la coerción y la regulación del Estado. Por ejemplo, las tierras, antes poseídas en común por miembros de una comunidad, son parceladas y privatizadas, convirtiendo la tierra en una mercancía”.

Sin la participación del estado, el sistema de mercado no se habría podido desarrollar tal como lo conocemos hoy día. Por ese motivo, considero que la postura anarco-capitalista es incoherente, pues olvida que, aunque los mercados y el intercambio comercial han existido siempre, el sistema de mercado, esto es, la primacía de los mercados a la hora de organizar las relaciones económicas solamente apareció bajo el manto de un sistema estatal ampliamente desarrollado. Por el mismo motivo, considero que la postura anti-capitalista también yerra en su objetivo. ¿Por qué el estado ha de eliminar un sistema creado por el mismo? ¿Qué se gana con la operación? ¿Conocemos un sistema mejor para organizar las relaciones económicas? El estado, como entidad que ha contribuido a la creación del sistema capitalista, debe implicarse en su gestión, de modo que se controlen sus elementos más disfuncionales y se potencien sus virtudes. La idea es construir una economía de mercado a nuestra medida, no permitiendo los excesos de un sistema que se cree ajeno al resto de la sociedad cuando no es más que una de sus dimensiones.

Es cierto que sería posible construir un sistema económico bajo unas premisas completamente diferentes, como plantean los anticapitalistas. El problema es saber donde nos llevaría el intento. ¿Debemos sacrificar los logros actuales en pos de una arcadia feliz? En todo caso, los mapas para llegar a la misma en estos momentos brillan por su ausencia y los del pasado generaron verdaderos monstruos antihumanos. Hay mucha crítica a los desmanes del sistema capitalista –algunas de ellas, la verdad, justificadas–, pero pocas ideas originales para solventarlos y muchos menos un empeño en luchar políticamente por su consecución. Los objetivos maximalistas, como un supuesto futuro sin capitalismo, esconden una parálisis política preocupante.

Lo cierto es que los logros históricos del anti-capitalismo son magros. Los logros de la social-democracia en su intento por construir un sistema de mercado acorde a los valores y principios ilustrados son mayores. Esto no implica minusvalorar las posibilidades de cambio, pero tal vez sea más sensato hacerlo desde la plataforma de lo que ya funciona de un modo razonablemente exitoso.



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Trump y la (pseudo)revuelta de las clases medias

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Sat, January 28, 2017 17:54:52

Cuando veo la televisión y escucho argumentos sobre el triunfo del actual presidente estadounidense Donald Trump utilizando términos como populismo, neo-fascismo o racismo, me suelo quedar un poco perplejo. Porque, la verdad, creo que la gente no vota o deja de votar a un individuo por ser alguna de esas cosas. Siempre he pensado que en general votamos a personas con la intención de que resuelvan los problemas de nuestras vidas. Luego, claro está, las promesas pueden o no cumplirse y las soluciones propuestas pueden funcionar o fracasar estrepitosamente.

La pregunta sería, por tanto, ¿qué ha llevado a tantos estadounidenses a votar a un personaje como Donald Trump? Y digo personaje, pues me recuerda al ya fallecido y castizo Jesús Gil y Gil. La respuesta, creo, se encuentra en el modo de vida de las clases medias y populares en la economía global. Intento explicar esto. Desde los años ochenta del siglo pasado la economía mundial se interconectó y transformó la estructura productiva del capitalismo global (un fenómeno, por otra parte, que venía de lejos). Lo cual tuvo consecuencias en las relaciones laborales (relaciones laborales post-fordistas) y, por tanto, en el modo de vida de las personas. Estas transformaciones han beneficiado a algunas personas y han perjudicado a otras. ¿Quiénes son los ganadores y perdedores dentro de las economías avanzadas?

El economista Branko Milanovic, especialista en desigualdad económica, ha popularizado la llamada “gráfica del elefante”, con la cual trata de mostrar cuales han sido los ganadores y perdedores de la economía globalizada. En la misma, se muestra que los menores crecimientos se han producido entre las clases medias de los países ricos. Los ganadores en esta economía global serían las clases medias de los países en desarrollo y los más ricos.


Por tanto, en una economía desarrollada como la estadounidense, los ganadores serían las elites con mayores rentas y los perdedores las clases medias y populares. Todas las estadísticas muestran, en efecto, que en Estados Unidos la diferencias entre los ricos y el resto de la población han aumentado muchísimo en este periodo. Como afirmaba Tony Judt en Algo va mal:

“Las consecuencias están claras. La movilidad intergeneracional se ha interrumpido: al contrario que sus padres y abuelos, en Estados Unidos y el Reino Unido los niños tienen muy pocas expectativas de mejorar las condiciones en las que nacieron. Los pobres siguen siendo pobres. La desventaja económica para la gran mayoría se traduce en mala salud, oportunidades educacionales perdidas y –cada vez más– los síntomas habituales de la depresión: alcoholismo, obesidad, juego y delitos menores” (Madrid, Taurus, 2011: 28).

Se podría argumentar, con razón, el valor positivo de la globalización en un cómputo general. Es verdad que las clases medias de la India o China han mejorado, pero esto resulta de escaso consuelo para un trabajador estadounidense que ve disminuir su nivel de vida. Y Trump entra aquí con una retórica nacionalista y proteccionista. Ofreciendo soluciones, sean estas reales o no, frente a la rica élite globalista (de la cual, sin duda, forma parte).

Todo esto no es nuevo. En el pasado ya ocurrió algo parecido. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX existió un periodo de alta interconexión económica mundial, la llamada primera globalización. Las Guerras Mundiales terminaron con este periodo de globalización. Karl Polanyi en 1944 publicó La gran transformación, donde explicaba que el sistema de libre comercio propio de la primera globalización producía graves dislocaciones sociales. Había grupos beneficiados y otros claramente perjudicados. Estos últimos intentaban “auto-protegerse”. Los movimientos políticos y las guerras mundiales, entendía Polanyi, eran consecuencia en buena medida de ese intento de las sociedades de protegerse frente a los cambios producidos por esa globalización. La retórica nacionalista y xenófoba escondía intereses de clase frente a una economía global altamente interconectada.

Con esto, obviamente no pretendo equiparar ambas situaciones (la historia, temo, no se repite ni al modo de una comedia, cada situación es única). Solamente afirmo que una economía altamente globalizada, aunque sea beneficiosa para el conjunto de la población, genera ganadores y perdedores en el nivel local. Y los perdedores pueden producir graves distorsiones sociales. Una de las causas del triunfo de Trump, entre otras sin duda, es la situación de las clases medias y populares estadounidenses en una economía global altamente interconectada.

Un asunto diferente, sobre el cual aún tengo dudas, es hasta donde llegará Trump. ¿Será capaz de modificar el statu quo económico mundial o se quedará en la parte más visible de sus promesas (el “muro” y demás)? Sin estar seguro, temo que producirá sufrimiento entre los más vulnerables y apenas inquietará a las elites globales. Su gabinete económico proviene mayoritariamente de la industria financiera de Wall Street. No los veo tirando piedras contra su propio tejado.



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Brexit

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Fri, June 24, 2016 15:59:06

El mundo global en el que vivimos está dividido en grandes bloques regionales. El Brexit debilita uno de ellos: la UE. También al RU, claro está. Si finalmente terminan rompiendo con la UE (no descartemos aún algún tipo de acuerdo que permita su "reincorporación" en el medio plazo tras la actual tormenta nacionalista) no lo notarán demasiado al principio, sino en el largo plazo. Supongo que en ese caso para compensar firmarán algún tipo de acuerdo con los EEUU, que les permita seguir operando en el mundo (lo de la "commonwealth" está bien como reminiscencia del Imperio, pero no es suficiente). La idea de ser un estado "soberano" es muy atractiva, pero en un planeta tan interconectado los estados solamente pueden luchar por definir su grado de dependencia y la posición para negociar con los demás actores.

En todo caso, el futuro es incierto. Esto es lo que pasa cuando uno se abandona a una religión laica como el nacionalismo, que persigue fines colectivos sin reparar en los medios o en la situación de los individuos concretos. Si fuese británico ahora me preguntaría: "nos vamos, ¿y ahora qué?".

Lo peor de todo es que nadie, y digo nadie, ha sido capaz de explicar convincentemente las ventajas de la unión. Los políticos europeos no han dado la talla. Cuenta la leyenda que hasta Genghis Khan consiguió unir a las belicosas tribus de mongolia usando el ejemplo de una flecha aislada, facil de romper, frente al haz de flechas que nadie podía quebrar.

De todos modos, conviene no volverse locos. La UE sin RU es menos Europa, pero no está liquidada. Hoy todos los grupos nacionalistas y populistas europeos saltarán de alegría, pero eso no significa que sus países vayan a seguir los pasos del RU.



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Antieuropeísmo

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Thu, June 09, 2016 17:36:51

Hay una cosa que no soporto de muchos sectores de llamada “nueva política”: su antieuropeísmo. Yo siempre he defendido la idea de una Europa unida y que, vista nuestra historia, España está mejor dentro de una unión que fuera. Entramos en la Unión Europea (UE) como es bien sabido en 1986 junto a Portugal. Durante mucho tiempo la mayor parte de los españoles vio con buenos ojos nuestra incorporación a la misma, ya que de un lado colmaba nuestros anhelos de formar parte del sistema decisorio del que se habían dotado los países de nuestro entorno; y de otro lado nos ayudaba a converger económica y socialmente con los países más ricos del mundo. A este sentimiento sin duda contribuyeron los 160.000 millones de euros que recibimos a través de los fondos estructurales y de cohesión. En la actualidad, llegados a cierto nivel de convergencia con la UE, ya no recibimos dinero, sino que debemos aportarlo.

Como decía, ahora hay una fuerte ola de escepticismo respecto a la UE coincidiendo con la crisis económica y con las obligaciones económicas que nos impone. La idea que subyace, a veces incluso la he leído y escuchado explícitamente, es que España no ha ganado nada con la incorporación a la Unión Europea y que estaríamos mejor solos de nuevo. La verdad es que muy pocos datos objetivos corroboran esta afirmación. Algunos datos sobre España desde su incorporación a la UE hasta la actualidad nos ayudarán a verlo.

Entre 1986 y 2016 el PIB de España se ha cuadruplicado hasta llegar al billón de euros actuales. El PIB per cápita era de 6.299 y en 2015 es de 23.300 euros. En el primer año la renta española era el 72% de la renta media de la UE12, mientras que en la actualidad es del 94% de la UE28. La esperanza de vida al nacer en 1986 era de 76 y en 2016 es de 83 años.

Durante 1986 la tasa de desempleo era del 21% y la tasa de desempleo juvenil se situaba cerca del 45%. En 2016 la tasa de desempleo es del 21% y la tasa de desempleo juvenil es del 45%. Estábamos mal, mejoramos mucho durante un tiempo, y hemos vuelto al punto de origen. Eso sí, la población empleada era de unos 12 millones de personas, en una población de 38,5 millones, mientras que en 2016 es de unos 18 millones para una población de 46 millones de personas. Es decir, en 1986 trabajaba un 31% mientras que en 2016 lo hace un 39% de la población española.

El Salario Mínimo Interprofesional ha pasado de los 241 a 748 euros mensuales entre 1986 y 2016. Es decir, se ha triplicado. Esto contrasta con el crecimiento del PIB, ya que la riqueza se ha cuadruplicado mientras que el SMI solamente se ha triplicado.

Creo suficientes estos datos, aunque sería viable aportar otros en la misma línea. Se podría objetar, con razón, que solamente presento los datos positivos y obvio los negativos. Es cierto. Pero no se podrá negar que son datos importantes: vivimos más, trabaja más gente (aunque el problema del desempleo es estructural), somos más ricos y hemos recibido enormes sumas de dinero desde que entramos en la UE. También se podría argumentar que habríamos conseguido todas esas cosas sin entrar en la UE. Es una idea, aunque visto nuestra recorrido anterior es difícil creerlo.

Las críticas, sin embargo, suelen centrarse no tanto en la mejora general de la economía y las condiciones de vida, sino en la pérdida de soberanía política y económica. Empezaré por esta última. He llegado a escuchar que estaríamos mejor con una economía “no intervenida” por la UE en la cual “los españoles” tuviesen soberanía sobre su economía y su moneda. Existe, en este sentido, una añoranza de la peseta. Una moneda propia nos permitiría tener una economía “autónoma” y superar las dificultades actuales. En esto hay una mezcla de verdades y mentiras porque en economía, como en tantas otras cosas, nada es absolutamente cierto. Es verdad que tener una moneda propia permitía devaluar la moneda y ganar competitividad. Pero también es cierto que cuando se devalúa una moneda todos pierden, ya que los ahorros y los salarios se deterioran, y la inflación suele dispararse. Además, los datos históricos tampoco invitan al optimismo. A principios de los años 80, también bajo una intensa crisis internacional, estando fuera de la UE y con nuestra propia moneda no lo hicimos demasiado bien. En 1980 la inflación rondaba el 15% (Alemania el 5%) y las tasas de interés estaban en el 18% (anoten este dato los hipotecados actuales). También se olvida que en la actualidad en 70% de nuestro comercio se realiza hacia otros países de la UE.

No creo, la verdad, que una moneda propia o una mayor autonomía económica respecto a la UE sea ninguna panacea. Esto no me impide, claro está, ver las disfunciones de nuestro sistema económico, pero desde mi punto de vista se superarían con una mayor integración (Unión Bancaria, Eurobonos, etc.), no con una salida (estilo “Brexit”). Otra crítica, creo que con más recorrido, se centra en la pérdida de soberanía política y, sobre todo, en el déficit democrático de la UE. En esto concuerdo con los críticos, ya que Europa necesita más democracia y menos tecnócratas en la toma de decisiones. La ciudadanía no puede estar invitada a un banquete en el cual no tiene voz. Esto, sin embargo, me puede volver escéptico, pero no anti-europeísta. No creo que debamos desmontar el chiringuito, es necesario reformarlo.

Lo que más me molesta, sin embargo, no es la crítica razonada al proyecto europeo. La discusión racional permite avanzar. Lo realmente molesto es esa soberbia de nuevo rico que detecto en muchos de los críticos, incluso entre gente educada. A veces olvidamos que las carreteras por las que circulamos y los AVE en los que viajamos no los hemos pagado nosotros, al menos completamente. También olvidamos que antes el programa Erasmus no existía y que solamente podían estudiar fuera de su país los más acomodados. Olvidamos que las vacaciones en París o Berlín eran una rareza. Olvidamos que los europeos hemos estado en guerra constante durante siglos los unos con los otros (y los españoles con casi todos). En fin, la UE no es un remedio para todo, pero si es algo que merece la pena defender.



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De cocineros y chefs

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Sat, February 20, 2016 16:38:49

Hace algunos siglos la noción de artista no se había desarrollado tal y como la entendemos en la actualidad. Las llamadas “bellas artes” estaban en las manos de artesanos que con más o menos maña producían pinturas, estatuas o sonatas. De hecho, la profesión de pintor, escultor o músico no estaba muy bien valorada. Sino que se lo pregunten a Velázquez, hoy de moda gracias la serie El Ministerio del Tiempo. Cuando intentó entrar en la Orden de Santiago tuvo que presentar más de 100 testigos que afirmaron que nunca había recibido dinero por un cuadro. Las artes estaban ligadas al trabajo manual que, como es sabido, en las sociedades preindustriales siempre había sido despreciado por las elites.

La llegada de la modernidad modificó esta situación. El trabajo artístico comenzó a ser revalorizado, sobre todo cuando era creativo frente a la repetición y monotonía de la producción industrial. Apareció un nuevo tipo social: el artista, como un creador genial, auténtico e innovador. Las elites comenzaron a considerar que la carrera artística era un trabajo adecuado para sí mismas, mientras que las monótonas y rutinarias ocupaciones artesanales –ahora más rutinarias debido a la mecanización– se siguieron dejando en manos de las clases populares.

Esta pequeña introducción me sirve para contextualizar el fenómeno de los “cocineros estrella” que llenan portadas de revistas y tiene espacio garantizado en las televisiones. La cocina, al menos en España, siempre había sido considerada un oficio. Es decir, los cocineros y las cocineras eran artesanos que producían un frugal y apreciado bien. Pero desde hace poco tiempo asistimos a la inclusión de la cocina dentro de las actividades artísticas. Existen cocineros-artesanos, presas del oficio, y cocineros-artistas, que innovan y crean “experiencias culinarias”. Los primeros aprendían el oficio bien en el “tajo” o en cursos de la denostada Formación Profesional. Los segundos aprenden a crear “sensaciones” en modernas Universidades Culinarias, seguidas de un largo periplo formativo por los mejores restaurantes del mundo (santificados por la Guía Michelín).

Parece claro que las divisorias de clase siguen esta tendencia. Una buena familia vería de mal que sus vástagos fuesen cocineros, pero no tanto que llegasen a ser chefs creativos. Me contaba un amigo, cocinero de profesión, que existen agencias de “headhunters” que persiguen a esos chefs para crear o dirigir nuevos proyectos. Son, en definitiva, un colectivo en alza que puede codearse con otros artistas sin mucho rubor. Crean incluso un nuevo lenguaje en torno a sus realizaciones: “experiencia culinaria”, “finger-food”, “lienzos”, “sensaciones”, “maridaje”, “hibridación”, “laboratorios de ideas” y un largo etcétera.

No entro a valorar las bondades de la alta cocina frente a la cocina tradicional. Tampoco al artista frente al artesano. Me llama la atención, sin embargo, la conversión en arte de una artesanía. Y los procesos de mitificación asociados a la misma.



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Concepciones del derecho

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Mon, January 04, 2016 14:25:03

Leía hace unos días la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi (“Los salvados y los hundidos”, Barcelona, Península, 2015), donde citaba un verso del poeta Christian Morgenstern que se ha convertido casi en un proverbio alemán:

Nicht sein kann, was nicht sein darf. (No pueden existir las cosas cuya existencia no es legal).

La verdad es que lo que me sorprendió del proverbio es la diferencia con la concepción española, diría que latina, sobre el derecho. Para nosotros más que una categoría del entendimiento, según da a entender el verso, es una superestructura impuesta sobre la vida. La expresión tan castiza: “Se acata, pero no se cumple”, así lo muestra. Aceptamos las leyes, pero en la vida diaria las ignoramos o, al menos, vivimos según normas consuetudinarias que pueden coincidir o no con la estructura normativa promovida por el Estado. Las cosas ilegales o a-legales existen, es más, son parte de la realidad. La ley lo único que hace es intentar limitarlas. Si a esto le sumamos una desconfianza ante su aplicación: “Pleitos tengas, y los ganes”, encontramos una concepción muy diferente del papel del derecho en la vida.

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Un problema con la educación en España (II)

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Wed, April 08, 2015 11:29:51
En una entrada anterior mostraba datos sobre uno de los problemas de la educación en España: el elevado número de jóvenes que no pasa de tener una educación primaria. También se decía que los jóvenes que en España completan la educación terciaria están en línea con los de la UE y la OCDE. El siguiente gráfico muestra nuestra situación respecto a los países de la OCDE.


Lo preocupante, se argumentaba, era que la proporción de jóvenes con solo la ESO o menos fuera de un 35% respecto al 17% de la OCDE y el 15% de la UE. El siguiente gráfico muestra la tasa de abandono escolar de nuestro país: la mayor de la UE.

Fuente: El País.

Este es, quizá, uno de los retos más importantes para la educación en España los próximos años. Se trata de evitar el abandono escolar y que los jóvenes que no acuden a la universidad completen al menos los estudios secundarios. Otro asunto, también necesario, sería la mejora de la formación de los universitarios. Pero ese es otro tema.



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Un problema con la educación en España

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Tue, February 24, 2015 12:06:51

El otro día encontré el siguiente cuadro que compara el nivel máximo de estudios logrado por la población entre 25 y 34 años en España, la UE y la OCDE. Este tramo de edad es interesante porque es la edad a la que, en líneas generales, las personas han concluido su formación.

Como se puede ver, para esta franja de edad, España produce un número de universitarios o de titulados con FP Superior en línea con los países desarrollados, 3 puntos por encima de la UE y 1 sobre la OCDE. Nuestro gran problema, sin embargo, se encuentra en que tenemos casi la mitad de titulados medios que en la UE o la OCDE: un 24% frente a un 47% y un 43% respectivamente. Lógicamente, el porcentaje de población con ESO o menos es mucho más alto, un 35% frente a un 15% de la UE y un 17% de la OCDE.

Estas cifras muestran que el escollo principal de nuestro sistema educativo no radica en la universidad (esta tiene problemas, sin duda, que deberán resolverse, pero ese es otro tema) o en la FP Superior. El asunto es que tenemos un sistema educativo que deja a muchos jóvenes con cualificaciones claramente insuficientes para competir en una economía basada en el conocimiento.

Este hecho fundamental queda oculto en el debate político por polémicas estériles en torno a asignaturas como “Educación para la ciudadanía” o el tema del bilingüismo o trilingüismo. El gran reto es conseguir que los jóvenes que no optan por la educación universitaria completen el Bachillerato y, sobre todo, una FP Media. Esta situación, sin duda, también contribuye a la gran dualidad del mercado laboral español: puestos cada vez menos seguros para los universitarios y técnicos superiores y precariedad más acentuada para el resto.



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¿Sobran empleados públicos en España?

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Wed, February 18, 2015 12:32:47

En esta entrada solamente quería dejar algunos datos sobre el número de empleados públicos, ya que se aproximan varias citas electorales y suele ser un argumento recurrente el exceso de “funcionarios” en nuestro país. Para contextualizar estos debates dejo algunas cifras comparativas con otros países de la Unión Europea, cortesía del Observatorio Social de España.

Tabla 1. Número de empleados públicos UE15 (en miles)

Fuente: Observatorio Social de España.

Tabla 2. Tasa de empleados públicos sobre la población activa UE15

Fuente: Observatorio Social de España.

Como se observa en la Tabla 2, el porcentaje de empleados públicos (sea estos funcionarios o personal laboral) en España es similar al de Austria o Alemania (referente económico de la Unión Europea) y se encuentra muy por debajo de Finlandia, Italia, Francia, Grecia, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos y que el “liberal” Reino Unido.

Respecto a la cifra actual de empleados públicos en España según el Boletín Estadístico del Personal al Servicio de la Administraciones Públicas a enero de 2014, se sitúa en la cifra de 2.551.123. Teniendo en cuenta que según el INE la población activa de nuestro país fue de 22.931.700 personas durante el tercer trimestre de 2014, podemos calcular que grosso modo la tasa actual de empleados públicos sobre la población activa es del 11%. Una cifra bastante reducida según los estándares de nuestros vecinos europeos e incluso inferior a la estadounidense.

Todas estas cifras no dejan de ser problemáticas, pero nos dan una aproximación a nuestra situación y ayudan a contextualizar un fenómeno que forma parte de la discusión política (y esta, es de lamentar, tiene un nivel empírico mínimo y retórico máximo).



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¿Relevo generacional?

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Tue, January 27, 2015 21:58:14

Entramos en año electoral y va a ser un año sin tregua que finalizará con unas elecciones generales (aunque se habla de que pueden posponerse hasta enero de 2016). En todo caso es un periodo apasionante en cuanto tiene de enfrentamiento alejado de la contienda electoral habitual. La causa, como es bien sabido, descansa en la irrupción de nuevas fuerzas como UPyD, Ciudadanos y, sobre todo, Podemos, que podría generar un nuevo panorama político.

Ahora quiero centrarme en un hecho tal vez anecdótico (o tal vez no): la edad de los principales candidatos de los partidos políticos. Existe un primer grupo de políticos "jóvenes" –en nuestra sociedad es incierto hasta donde llega la juventud– como Albert Rivera (Ciudadanos, 1979), Pablo Iglesias (Podemos, 1978), Pedro Sánchez (PSOE, 1972), Susana Díaz (PSOE, 1974), Soraya Saénz de Santamaría (PP, 1971) o Alberto Garzón (IU, 1985), el más joven de todos. Se caracterizan por tener entre treinta y cuarenta y pocos años y haber nacido en la década de 1970. En el otro extremo tenemos a políticos más veteranos como José Bono (PSOE, 1950), Alfredo Pérez Rubalcaba (PSOE, 1951), Esperanza Aguirre (PP, 1952), Cayo Lara (IU, 1952), Rosa Diez (UPyD, 1952), José María Aznar (PP, 1953) o Mariano Rajoy (PP, 1955). Todos ellos metidos en los sesenta años y nacidos en la década de 1950. Entre medias, encontramos una generación nacida en la década de 1960: María Dolores de Cospedal (PP, 1965), Alfonso Alonso (PP, 1967), Carlos Floriano (PP, 1967), Juan Carlos Monedero (Podemos, 1963) o José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE, 1960).

La lista podría ser más extensa, pero para mis propósitos es suficiente. Me interesan especialmente los candidatos. Cuatro partidos han hecho una transición y sus caras visibles son miembros de la primera generación: Podemos, Ciudadanos, IU y PSOE. Dos partidos continúan teniendo candidatos de la generación más antigua: PP y UPyD. La generación intermedia actualmente no tiene candidatos, aunque sus miembros si ocupan o han ocupado puestos de responsabilidad. Si nada cambia –sería posible aún, al menos teóricamente, que tanto el PP como UPyD nombraran candidatos diferentes– contemplaremos una confrontación electoral entre candidatos nacidos en los años 70 y aquellos que lo hicieron en los 50. Los políticos nacidos en los 60 lo verán desde la barrera, si bien tuvieron su papel durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Seguramente, por tanto, presenciaremos unas elecciones con dos generaciones con puntos de vista y experiencias muy diferentes. Esto puede ser anecdótico, como dije, o no tanto. Un último apunte, en España se suele llegar joven a la presidencia. Así lo hicieron Suárez (44), Felipe (40), Aznar (43) o Zapatero (44). Los únicos que lo hicieron en la cincuentena fueron Calvo Sotelo (55) y Rajoy (56).



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De corruptelas y capitalismo de amiguetes

ActualidadPosted by Antonio Martín-Cabello Mon, November 03, 2014 10:09:03

Las sociedades modernas se fundamentan en dos grandes entramados institucionales: el mercado y el Estado. Ambos consiguen la adhesión de las personas a través de una mezcla variable de coacciones y recompensas, de un lado, y de consenso moral, de otro. Este último es clave. El mercado basa su legitimidad en la capacidad de crear riqueza y desarrollo material mediante un proceso descrito como una “destrucción creativa”, que implica la competencia y el triunfo de los más adaptados a la dinámica del mercado. El Estado moderno obtiene su legitimación de las leyes racionales.

La situación que vivimos hoy en España es especialmente grave, pues los ciudadanos sienten que se ha roto el acuerdo moral en ambas esferas institucionales. El mercado se aleja de esa esfera de competencia en la cual los “mejores” obtienen una mayor recompensa a cambio de satisfacer las necesidades de la sociedad. Aquí, al contrario, vivimos inmersos en un “capitalismo de amiguetes” (véase la excelente aproximación al tema de Luis Garicano en El dilema de España, ed. orig. 2014), donde el clientelismo deriva de modo inevitable en oligopolios. El mérito individual poco puede hacer frente a esta situación. Esto tal vez se relacione con la baja competitividad de nuestra economía.

El Estado no se encuentra mucho mejor. Si la falta de competencia deslegitima el sistema de mercado capitalista, la corrupción hace otro tanto con el Estado. Los últimos acontecimientos: concursos públicos amañados, colocación de familiares y amigos puenteando los sistemas de acceso establecidos o, entre otros, la privatización de lo común a favor de intereses privados, socaban el principio “legal-racional”.

Solucionar esta situación de hundimiento moral, esto es, de crisis de legitimidad de las instituciones, no es sencillo. Pero implicará con toda seguridad revalorizar el principio de competencia meritocrática y el principio de legalidad.





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