Vettonia obliga

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Sobre el blog

En este blog quiero recoger algunas de mis lecturas, pasajes de mi vida académica y de mis viajes, así como ideas sobre la cultura y la sociedad actual.

Lugares fuera de sitio

LibrosPosted by Antonio Martín-Cabello Thu, November 01, 2018 17:36:28

Hace un tiempo comenté en este blog La España vacía de Sergio del Molino, de un modo elogioso y personal. El libro me interpeló acerca de mis raíces y me hizo reflexionar sobre mi propia vida. Recuerdo que una vez hablando con José Luis Anta, siempre fino en sus análisis, dijo que era el libro que debería haber escrito un sociólogo o un antropólogo y que había terminado escribiendo un periodista. Es verdad, pero poco importan las cuitas disciplinares. La verdad es que Sergio del Molino está tratando de explicarnos España, tal vez de explicársela a sí mismo, como hace tiempo que no se hace.

Su última obra es Lugares fuera de sitio (Barcelona, Espasa, 2018), que persiste en esa tónica y por la que ha recibido el premio Espasa en su edición de 2018. En ella describe nuestro país y reflexiona en torno a la idea de frontera y de nación. Y lo hace fijándose en las singularidades presentes en esa frontera, tanto en las exteriores (Gibraltar, Ceuta, Melilla, Olivenza o, entre algunas otras, Andorra) como en las interiores (el Condado de Treviño o el Rincón de Ademuz). Estos lugares muestran los límites de nuestras construcciones identitarias y su naturaleza “imaginada” (B. Anderson). No son, sin duda, enclaves fantasiosos, pues su situación actual se debe a tradiciones previas y al peso de la historia, pero tampoco estaba escrito su destino en leyes históricas inmutables. La existencia de estos enclaves debe mucho a la casualidad o a fenómenos históricos puntuales. Y esto nos dice mucho sobre la construcción de las naciones.

Lo que más me ha llamado la atención es que Sergio del Molino, como ocurría con el libro anterior, parece estar hablando directamente conmigo. El viaje arranca, pues el texto tiene mucho de libro de viajes, en el restaurante Alcuzcuz de Alhuzema en Madrid. Por casualidad lo conozco, pues allí me llevó mi buen amigo Ismael Cherif-Chergui, cuya familia tiene orígenes rifeños, que nos presentó a su dueño. Y comienza en Gibraltar que visité acompañado de Paco Oda, oriundo de La Línea de la Concepción y primer director del Instituto Cervantes en Gibraltar. Con él también visité Melilla y Nador, por un trabajo académico.

Aún recuerdo la primera vez que vi la valla perimetral de Melilla y la aduana con Marruecos. No deja de ser impresionante para alguien que está acostumbrado al civilizado espacio Schengen. Las filas interminables de porteadores, más bien, porteadoras, el comportamiento de los gendarmes marroquíes… También recuerdo el ambiente neocolonial de Melilla. Llegué a escuchar, una noche que nos llevaron al Puerto Deportivo, que lo bueno de este lugar era que los únicos moros eran los que te servían las copas. Todo dicho. Como curiosidad, y por confirmar las apreciaciones del autor sobre los informes del Real Instituto Elcano sobre Ceuta y Melilla, nos entrevistamos con el funcionario que en aquel momento realizaba trabajos para el INE y nos comentó que en principio y legalmente no se podía saber cual era la población de origen “peninsular” y cual lo era de origen “marroquí”. Preguntar por tales cuestiones no era legal. Sin embargo, ellos tenían hecho el cálculo a partir de los apellidos de los habitantes de Melilla.

La verdad es que todo esto no deja de ser anecdótico, aunque quizá significativo, pero es parte de España. Simpatizo mucho con el objetivo de Sergio del Molino, que creo no es otro que mostrarnos la diversidad de nuestro país (la España vacía también lo es, por muy olvidada y mitificada que la tengamos). Los relatos nacionalistas, se envuelvan en la estelada, la ikurriña o en la rojigualda, no dejan de ser cuentos simplificadores para aunar sentimientos de amor por un ente más o menos imaginario y, al tiempo, indicarnos cuales son los “otros”. Pero las fronteras con los otros son difusas. De hecho, los otros podemos ser nosotros mismos en no pocas ocasiones. Esos terrenos de frontera, sobre todo cuando son contestadas, nos muestran los límites de las identidades sociopolíticas. No podemos vivir sin ellas, eso parece claro, pero tampoco debemos sacralizarlas. La idea de identificarnos con una entidad política de un modo racional, usemos la metáfora del “patriotismo constitucional” o cualesquiera otra, parece el camino más acertado. Pues, como concluye el libro, “el tiempo de los cristianos viejos acabó hace mucho. Quienes creemos que a los nacionalismos disgregadores y etnicistas como el vasco y el catalán se puede oponer una idea de nación abierta y fuerte fundada en el principio liberal de igualdad, debemos esforzarnos por eliminar cualquier forma de marginalidad y cualquier sentimiento de exclusión. Sólo así lograremos convencer de que una España dentro de Europa es la mejor forma de reconciliarnos con una historia ingrata y cruel -como la de todas las naciones- y de enfrentar un futuro libre y democrático”.



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